Casa Nueva: Capítulo 2

(Texto por Catalina Paz).

He esperado varias noches desvelado en el marco de mi ventana. Y amanezco con la duda siempre punzante en el estómago. Me pongo los audífonos y reproduzco las canciones formato mp3, traspasadas a mi teléfono medianamente moderno gracias a un tutorial extranjero de youtube que vi por partes en los recreos del colegio. Ya no camino recto al paradero, me desvío para poder jugar al cape-nane-tene-tú en el pasaje que cambió mi rutina. A veces me convenzo de que es la casa color amarillo, aunque me confundo rápidamente con la aledaña de dos pisos y ventanas grandes. Mientras completo la vuelta de la manzana para alcanzar la micro, se cuela en mis entrañas un aire amargo de resignación.

Tengo asistencia completa, ningún atraso, me he aprendido los nombres de varios compañeros y tomo mejores apuntes que antes pero no estoy realmente ahí. –Ya anda volando Riquelme– me grita siempre el Fito, profesor de historia bien gordo que nos vende las guías de estudio. Observo el patio desde mi asiento, la primavera enlentecida, las escapadas internas que anhelo pero no me atrevo, pienso en mis amigos y en la distancia, en el miedo a perderlos, a perderme yo. Pero, entre medio de aquellas preocupaciones aparece mi favorita, la ganadora de esta vida nueva que me han obligado a vivir: el misterio de la ventana oscura con su extinción musical paralela. Le conté emocionado a mis amigos sobre esto por whatsapp aunque desafortunadamente su respuesta no fue muy alentadora: “te estay volviendo loco Lalo oh, quizás está encantá la casa como la de la señora Fresia, todos quedamos sugestionados después de esa cuestión, vente pronto de vueltas pa’ acá”. Acepto hasta cierto punto dicha acusación porque suelo imaginar seguido que la metrópoli me volverá loco. La idea de encontrar algo especial en este océano de edificios y calles quizás… Suena el timbre.

Di con un carro de sopaipillas desde que empecé a caminar los veinte minutos que son en total desde el metro a mi casa. Quiero dos– pago y avanzo con un perro bien sucio que me persigue de vez en cuando. Le doy de mala gana la mitad del tentempié, pero muy en el fondo agradezco su compañía. Caminamos hasta el paradero donde asumo su abandono, ritual que nos corresponde y que aceptamos sin más. Me despido con un chiflido y doblo por mi pasaje lleno de ligustrinas y palomas. Con la mirada pegada en el piso avanzo hasta rozar con mis zapatos la punta de unos dedos extendidos en el pastelón. –Lo siento– digo incómodo buscando las llaves. Me giro para abrir la reja pero una mano toma mi pantalón. Sin comprender vuelvo a mirar y me encuentro de frente con un audífono blanco extendido. Entonces, una sensación de estar seguro de algo irreconocible aparece en mí. Tomo asiento en la cuneta manteniendo el silencio de ese instante hasta que la música palpita en uno de mis oídos: “la noche abre su boca, hoy dejaré que me atrape un rato, sabrás por donde encontrarme entre medio de esta piel que habito”. Permito que la canción avance con naturalidad hasta su término… pero pronto no sé qué decir, la situación me quita las palabras. Mi acompañante se pone de pie enrollando lentamente los auriculares para llevarlos a su bolsillo. Pienso que debo hacerlo también mientras trato de forzarme a realizar una pregunta. Estoy a punto de dar el paso cuando una expresión familiar inunda el momento:
–Lalooo, yo sabía que te iba a alcanzar la cola– grita mi mamá a mitad de cuadra. De reojo la saludo pero vuelvo a lo mío.
–Oye, espera!– sugiero acercándome.
–Me llamo Martín– responde él desde la vereda contraria devolviéndome una sonrisa de despedida.

Entro sorprendido.
–Se cortó el agua y nos echaron a todos pa’ la casa no más, yo dije voy a pillarme al Lalo de camino, oye ¿y con quién estabai conversando Lalo? a los vecinos se les invita a tomar once o alguna cosita pa que’ se sientan seguros de uno que llegó acá a instalarse sin avisarle a nadie, o era un amiguito de la escuela?– investiga mi mamá.
–Martín… vive por al frente– respondo evasivo. En realidad no tenía más que agregar, habían muchas inquietudes en mi cabeza, no estaba aún diseñado el territorio para poder contarle a ella sobre este enigma que guardo desde hace unas cuantas semanas.

Luego de cenar subo ansioso a mi habitación. Me acerco a la ventana y veo la esperada luz brillar. Veloz tironeo el cable de mi lámpara compacta para encenderla lo más cerca posible del marco y así enviar una señal. Cuando dejo de jugar con los enchufes, levanto la vista y distingo a Martín apoyado del otro lado. “Regalé mis océanos, vacié mis discos y mis días de Enero” suena la música arreglando aquella noche. “Ahora viajo más ligero, voy camino a buscarte, espero no estés desvelada, preparando nuestro escape…” sigo la letra como queriendo identificarme con ella. Me encaramo apoyando mi espalda en la pequeña barra de madera que contornea un lado de la ventana y escucho la melodía en calma. Martín sigue igual con la vista perdida quizás en algún detalle de la techumbre o el cielo. La canción empieza de cero dándonos otros seis minutos para contemplar ese encuentro estrafalario en el que estábamos sumidos. Nos despedimos con un gesto de mano. Cierro la ventana con cuidado para no hacer ruido, junto las cortinas y entro en la cama para dormir pensando que al fin volví a sentirme menos solo.

La alarma explota y siento el desvelo en mis párpados caídos, sin embargo, me arreglo animado con ganas de cruzar luego el jardín. Tomo desayuno, salgo y camino al frontis de la casa amarilla. Sí, confirmé que de esa se trataba. Me pregunto si llamar a la puerta o sentarme a esperar hasta que Martín aparezca, miro la hora en el celular asumiendo que quizás no alcance a llegar a tiempo al colegio. Me distraigo hasta que escucho sonar la manilla.
–Hola… yo me llamo Lalo, o sea… me dicen– exclamo al ver que era él, con uniforme de colegio preparándose para partir. Me mira con aprobación.
–¿Tomas el metro?– pregunto intentando iniciar una conversación.
–¿Qué?– me devuelve él.
–Que si tomas el metro… para ir al cole– repito más fuerte fingiendo seriedad.
–Ah, no, estudio cerca.
Su tono de voz bajo y crudo me hace pensar que no le gusta entablar charlas como a la mayoría de las personas cuando recién se conocen. Meto las manos en mis bolsillos y me hago el loco mirando el amanecer. De pronto recuerdo esa corbata, es de un colegio local que queda llegando a la línea 5.
–¿Puedo acompañarte?– pregunto desagradado de mi insistencia. El gesto afirmativo al menos me da el pase para seguir su camino. Avanzamos varias cuadras en mute. De pronto lo observo sacar de la mochila unos auriculares que me invita a compartir. Le da play señalando la pantalla:
Medio Hermano explica.
–Ahhh, son buenos, gracias por mostrármelos, no conozco mucho de música ¿De dónde son?
–¿Cómo?
–Que gracias por mostrármelos y que de dónde son– subo el tono.
–Chilenos.
–¿Planetario también?
–Sí.
–Ese disco lo pude pasar a mi celular. Está chacal.
–¿Chacal?– se ríe.
–Bacán– me sonrojo.
Nos acercamos al portón de su colegio mientras de fondo en mi cabeza se graba el “quiero estar ahí contigo, contigo, uooo”.
–¿Tarde?– me pregunta haciendo que retorne de la música al suelo.
–Sí, un poco– respondo mirando el  reloj marcar las siete cuarenta y cinco. –Entro a las ocho, pero no importa.
–No entremos– me dice frenando justo antes de que la vereda se haga colegio.
–¿Qué?– respondo aterrorizado.
Veo a Martín encogerse de hombros mientras seguimos conectados por los audífonos. No podía faltar a clases, o quizás sí, pero no estaba preparado para ello. Tomo aire profundamente antes de responder.
–¿Y qué haremos?– interrogo casi cediendo.
–Panul– responde él.
–¿El cerro?– asiente y da la media vuelta.

Lo sigo inseguro con la culpa haciéndose espacio en mi mochila. “Mi mamá se enfadará, se sentirá, le contará a Tía Carmen” pienso tembloroso asumiendo que ya todo estaba decidido. Tomamos una micro en sentido contrario, pasamos por afuera de nuestra población yo queriendo morir de la paranoia por supuesto, creyendo que todos sabían lo que estaba sucediendo. Me pregunto si el silencio preponderante de Martín será condición de amistad mientras avanzamos. Bajo menos agobiado mirando El Panul encima de nosotros. Una sensación hogareña me llena los pulmones y creo a pesar del pánico estar feliz de reemplazar una asignatura por aquel paisaje natural. Martín avanza con el cable enredado colgando de su polerón, yo continúo tras él por un pequeño sendero ensombrecido. Escucho saltamontes, el roce de las hojas, el viento, cuestiones que mi existencia echaba de menos. A varios metros de altura, ya habiendo atravesado algunos laberintos y cruzado un viejo puente de madera, Martín se detiene. Voy a acercarme pero me frena con un movimiento de mano.
–Espera– dice.
Detengo mis pasos algo perturbado. “No lo conozco” pienso de pronto asumiendo la irresponsabilidad. Seco la transpiración que cae por mi frente y cruzo los dedos para que nada malo haya tras esta fuga inesperada.
–Ahora sí– dice minutos después  saliendo de unos arbustos con el pantalón de colegio polvoriento.
–Ok– respondo. Al llegar, una silla plegable y un taburete con un mini parlante dan cara a la ciudad desde aquel recoveco silvestre convertido en mirador. –Qué lindo acá– digo sin atreverme a pronunciar nada más.
–Otra casa– dice Martín –Para mí…– agrega sentándose y conectando el celular al aparato portátil.
–Entonces vienes seguido– comento. –¿No te han pillado nunca? Vivo con mi mamá, se enojaría mucho conmigo si sabe que estoy en ésta– rodeo los ojos.
–No, no tanto y no, no me han pillado– responde sonriendo.
–Siempre miro este cerro desde mi ventana, me recuerda el sur. Soy de Puerto Montt, de un pueblo pequeño que queda por allá. Tarde o temprano sucedería…– digo aún de pie mirando las casas tamaño lego.
–Iba a preguntarte– afirma. –Casa tuya, antes de amigo, se fue a Perú con familiares– cuenta.
–Ah, entiendo– bajo el volumen. –Sé lo que es echar de menos– agrego luego de una pausa.
–¿Qué?
–Nada.
–¿Nada?
–No, nada– insisto.
La conversación se extingue por varios minutos. Me siento en el pasto justo cuando la música regresa para nosotros. De pronto, noto a Martín mirándome como si quisiera decir algo más, su expresión me asusta premonitoriamente. Pero no cuestiono nada, sólo espero.
–Hipoacusia, moderada– refiere mirando hacia abajo. –Posiblemente severa– suspira.
–¿Hipoqué?– pregunto sin comprender.
–Nada– responde.
–No pero dime– alego sin recibir ni una palabra de vuelta. –¿Qué cosa? Yapo dime– vuelvo a intentarlo por si acaso.
De pronto Martín se ríe.
–¿Juguemos cartas?– pregunta.
–Dime.
–¿Carioca?
Me irrita que no quiera repetirlo pero me resigno blandamente dada la situación.
–¿Picado?
–¿Qué?
–Picado– digo riendo. –Es más divertido.

Martín acepta el desafío así que acordamos tácitamente pasar la mañana entre cartas, árboles y música. Le cuento que no había hecho nunca la cimarra, que fantaseaba con escaparme adentro del colegio pero me superé con creces. También le confieso que todavía no tengo ningún amigo citadino. Martín me responde que no la pasa muy bien con sus compañeros de curso, pero no explica más. Cuenta que es hijo único y que su madre trabaja en una fábrica de alimentos. Y eso dura la fase de presentación.

Una vez escondida la humilde morada de Martín, comenzamos a bajar. Mis tripas hacen de ambientación como si supieran que ya son pasadas las dos. Camino en silencio a su lado, rogando que aparezca milagrosamente un puesto de comida. No pasa hasta que llegamos a la parada donde logro comprarme un súper 8 para matar el hambre. Martín no come nada. Subimos a la micro y nos sentamos bien al fondo gracias a una petición mía; había que disminuir la probabilidad de que algún vecino o vecina me delatara. Voy medio escondido en el asiento creyendo que disimulo perfecto. Martín me observa de reojo apretando los labios para no reírse y ofenderme. Pero sube Tía Fabiola de la verdulería y entonces aprieto el timbre, apurando a Martín a que baje y me esconda detrás de su mochila.
–También me conoce– dice este último mientras nos morimos de risa.
–Filo– digo y continuamos hasta la avenida.
Silbo la melodía de una canción que me quedó grabada: “qué vas a hacer cuando las olas atraviesen tu pared, cuando no haya un nuevo sitio para ir recorrer, vagando entre árboles, computadores y bicicletas… yo te ayudaré a crear constelaciones nuevas, para guiarnos a casa”. Me despido de Martín con un abrazo sumiso.

Al entrar, noto que mi cuerpo no guarda tensión sino todo lo contrario, una especie de regocijo bueno, de satisfacción. Me pongo ropa cómoda y paso la esponja de cocina sobre las marcas de tierra repartidas por el pantalón gris. Lo tiendo en mi silla de escritorio para que no se note el escape. Limpio también los zapatos con una servilleta húmeda para retirar el polvo. Estoy instalándome en el comedor cuando advierto un rasguño en mi brazo derecho. Subo las escaleras y desordeno el mueble del baño buscando el botiquín de emergencia. Al encontrarlo, lo abro para sacar gaza, povidona y algo que ayude a cubrir la herida. “Hipoglos” leo. –Hipo… hipoaco, hipoacu– recuerdo la conversación con Martín. Dejo todo tirado y bajo para buscar en mi celular la palabra incompleta. “Hipoacusia: Disminución de la capacidad auditiva. Posee diferentes grados (…) Moderada. Requiere uso de prótesis auditiva. Severa. Requiere uso de prótesis auditiva potente y/o cirugía”. Siento mi sangre bombear más fuerte como si quisiera desmayarme. Me quedo pegado allí, sin reacción hasta que la puerta principal suena.
–Lalooo, ¿cómo te fue? traje unos pancitos recién horneados para que tomemos té. Así guardamos lo que quedó de almuerzo pa’ mañana mejor– dice mi mamá a la que recibo desprevenido.
–Sí, está bien– respondo llevando las bolsas a la cocina.
–¿Me pones las tacitas Lalo?– pregunta mientras se saca los botines.
–Sí, yo lo hago– respondo con la cabeza en otro lado.
–¿Te pasa algo Lalo? Tenís una caritaaa– reclama. –Te sigue costando matemáticas, bueno no importa si hay más cosas que aprender, además Lalo la escuela es un periodo… ¿Es por el sur?– sigue indagando.
–No mamá, las cosas van bien…– le respondo con mejor ánimo para no preocuparla.
–Ay Lalo– exclama. –Bueno, la comida arregla el cucharón, dicen por ahí– concluye dispuesta a tostar las marraquetas recién compradas.

Termino de lavar la loza y me encierro. La ventana está ahí pero no me acerco. Quiero saber hacerlo. Entonces la luz se aprende y apaga repetidamente desde el otro lado. Un poco escondido tras la cortina noto el resplandor pasajero. Entonces, quiero decirle a Martín que su palabra negada, su situación de vida no es algo malo para mí, que podemos seguir yendo al cerro a jugar cartas y divertirnos. Recuerdo tener guardado en el baúl de los recuerdos unos parlantes que nunca usé. Los enchufo mientras me cuelgo del wifi de Don Armando. Busco en Google “Medio Hermano” y reproduzco desde youtube una de las canciones que más escuchamos esa misma tarde en el Panul. Hago una torre de cuadernos en el velador para instalarlos justo a raz del marco. Martín me observa asomado desde el otro lado. Le hago una señal de que ya está casi todo listo asumiendo mi fracaso en pasar desapercibido. El sonríe y se cruza de brazos. Conecto el auxiliar y reproduzco el tema. La música comienza a atravesar las paredes y las copas de los ciruelos llegando a Martín. “Cómo vamos a concretar un plan hoy día, si el tiempo se me evapora junto a ti…”.
–Lalo ¿Qué estay haciendooo?– grita mi mamá desde el primero.
“Nuestro enorme apetito por la distracción, no nos deja en paz… Aterrizamos en un dos por tres, somos tan estúpidos, nadie nos pesca no cachamos bien, pero estamos juntos”. Las escaleras rechinan y yo le hago un gesto gracioso de despedida a Martín que se ríe de todo el espectáculo.
–Nos vemos– le grito mientras mi mamá deja entrar sus narices en la habitación.
–¿Qué estay haciendo Lalo?– me pregunta sin cruzar la línea que separa mi pieza del pasillo. –Me asustaste– agrega.
–Nada, estaba poniendo música…
–¿A esta hora? ¿Y desde cuándo? ¿Qué música?
–Se llaman Medio Hermano, la busqué en internet.
–Pero si ni tenemos internet– alerta ella.
–Ay, es el de Don Armando, su red no tiene candado– le explico.
Mi mamá me mira como impactada pero no me regaña.
–Encontré el botiquín en el baño, ¿te sientes bien Lalo?– averigua.
–Síii, lo pasé bien en el cole hoy, me rasgué con un árbol peloteando en el patio y quería echarme pomada o algo– miento.
–Pero qué bueno que estís haciendo deporte Laaalo, tanto te cuesta contarme las cosas niño, bueno, te dejo en el lavado una pomada y un parche. Duérmete pronto que mañana te tenís que levantar temprano– sugiere.
–Sí mamá– respondo hasta que cierra la puerta.

Me doy vuelta y la ventana de Martín sigue abierta. Pero él no está allí parado. Asumo el cansancio debido a nuestra linda jornada. Dejo la música sonando bajito mientras me recuesto hipnotizado, preguntándome por la casualidad, por las cosas que no pueden explicarse. Estoy seguro que dejaré para mañana todas esas interrogantes que Martín podrá responder con más canciones. Apago la luz.

Puedes leer el primer capítulo de esta historia acá. ¡Continuará!

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