Casa Nueva: Capítulo 1

(Texto por Catalina Paz).

La capital me queda demasiado grande. Me asusta. Los ruidos parecen salir de todas partes, las luces no dejan nunca de alumbrar, la gente humea en las avenidas y las estaciones de metro, y nadie se acuerda de nadie al otro día. Vuelvo del colegio echando de menos la tierra en mis zapatos negros, la complacencia de esa soledad tan diferente a la del santiaguino, esa posibilidad de perderme un rato entre campos y árboles y estrellas que permiten escucharme mejor, pensar sin todo el smog, sin todos esos murmullos incesantes encima. Le he dicho a mi mamá que quiero regresar, pero está el futuro, las posibilidades, los pitutos y el miedo a que un pueblo tan pequeño como el mío quede sepultado en el mapa del mundo. Entonces subo a mi habitación apenado, con la comida para dos media apretujada en el estómago, me acerco a la ventana y dejo que el frío atraviese mis mejillas antes de caer en la cama y el sueño me gane la batalla.

–”Si sé lo difícil que es pa’ ti, yo también extraño el sur, llamó la Tía Carmencita y dijo que estaban todos molestos allá porque llegó una constructora que quiere poner un edificio de 15 pisos, imagínate Lalo, 15 pisos, nooo si no es na’ pa’ vivir, es una cuestión turística si hasta un hoyo están haciendo hablan de una piscina y todo el cuento, por los que vacacionan cerca, ay diosito…”– me habla mi mamá mientras sirve el desayuno a las 7 am. –“Y tus hermanos grandes van a viajar del norte pa’ navidad, quieren conocer la casa”– agrega mientras caliento mis manos con la taza de leche recién hervida.

Salimos juntos hasta el paradero. Ahí se dividen nuestros destinos. Tomo la línea verde que va llena y yo siempre tan puntual aunque me gustaría lo contrario. Me demoro una hora aprox. en llegar al colegio. Rutina: las asignaturas fomes, el timbre para salir a recreo, los compañeros que parecen de 17 aunque todos somos de primero medio. Peloteo un rato, no sé jugar, “pongan de arquero al nuevo” gritan por ahí. Le hago el quite y me voy a computación (los viernes al taller de cine). Pido wi-fi y logro enviarles mensajes a mis amigos ahora a distancia. Todos me decían que sería bacán vivir acá, que conocería un montón de gente, podría visitar lugares famosos como el Estadio Nacional y optar por una variedad de actividades de esas que de repente veíamos gracias a la enorme antena que pusieron justito al llegar a la ruta que conecta con la carretera principal. Nuestros PCs y celulares con internet limitado: el paraíso. Iba a escribirles algo pero ya nada particular podía sorprenderlos; como cuando les conté que éramos 41 en el A, y que no sólo había un B además, sino un C, o que había un cerro cerquita de mi comuna. Me gusta La Florida, mis compañeros son hartos y aburridos pero me tratan bien, en el colegio sólo tengo tres rojos hasta el momento y el profe de matemáticas me quiere porque también nació en Puerto.

A las 16:00 suena el último timbre. Agarro mi mochila y cruzo el portón. Viajar en metro me pone un poco mal genio. Los autos achoclonados, la gente inmersa en pantallas de celulares que son más grandes que mi mano, las bocinas impacientes, los ternos, los jumpers, los carteles de marcas raras en todas las paradas. Camino hacia mi población y veo El Panul a lo lejos imponente entre nubes grises que se pelean el cielo; lloro un poco al recordar paisajes similares de mi mundo perdido, pienso que no me acostumbraré, que no quiero contarle a nadie por miedo a que me juzguen. “Ya no quiero recordar quiero olvidar todo lo que viví aquí. Yo me quiero escapar al cerro y nunca volver a la ciudad” escucho sonar unos metros antes de llegar a casa. “Ya no existo, no me has visto. Ya no soy, ya no estoy” la canción va quedando atrás pero en mi cabeza hacen eco esas frases como si hubiesen desde arriba puesto un soundtrack para la ocasión. Me apelan pero no huyo. Entro.

–”La jefa me retó hoy día porque no envié unos productos a la oficina de la Muni, los mandé sí pero mal, me equivoqué Lalo es que esta ciudad es inmensa, y los nombres se parecen po, entonces me mandé la embarrá, oye y tú Lalo cómo te fue? te gusta tu escuela nueva? no hay que decirle a la abuela Sol que es laico porque tú sabes cómo se pone…”– me habla mi mamá mientras comemos pan con mantequilla. –“Estoy bien, todo bien”– le respondo con una sonrisa que ella me devuelve cansada.

Me encierro en mi cuarto y abro la ventana. Apoyo mis codos ahí y miro las casas dispares frente al pasaje. Hay de un solo piso, de dos, de tres y algunos medios que no se entienden bien. Estoy contando las luces encendidas cuando de repente, en el silencio típico de esas horas donde los grandes protagonistas son los perros, siento un sonido familiar. Saco la cabeza como buscando con los oídos: “Si tal vez, pensaste que era demasiado tarde, no, no lo es. Y si crees, que el cielo es demasiado grande, tal vez. Nada lo atraviesa y no te das ni cuenta. Si es que ves, que todos nuestros planetas arden, avísame”. La música me atrae, el ritmo, la hora y quizás una conexión extraña entre los versos y mi vida actual; me subo al marco que cruje para seguir escuchando pero de pronto la música se va. Una luz se apaga también.

–”Lalo ya estay con la ventana abierta, te vay a resfriar!”– grita mi mamá.

Pero no hago caso, dejo la ventana a plenitud pues ahora tengo una razón para ser despertado sin que me enoje. No vuelve. Al otro día bajo las escaleras con ánimo, no quiero sentarme a comer, agarro el pan con queso y lo meto así no más a la mochila, qué importan las pelusas. Madre mira extrañada y me agita el pelo mientras me escurro por el jardín. –“Para allá no queda la liebre”– grita mientras cruzo la calle. Me doy vuelta haciéndole chao y sigo mi camino. Pienso de dónde podrá salir la música pero nada. Llegar al colegio significó mi primer atraso.

Entonces los planes de siempre. El timbre de la liberación.

Pasa volando la línea verde. La once y la conversación con mi mamá sobre el tío Juan que se va a Perú por una herencia… no pesco nada. Subo corriendo y me encierro. Abro la ventana y ahí estoy esperando en la oscuridad a que algo suene desde el otro lado de la calle. Me escabullo entre la cortina como jugando al acecho. Una luz se enciende. ¡Es la misma casa! ¡Es un medio piso! Una silueta se mueve adentro. La música empieza. “A veces pienso que la muerte en cualquier parte la puedes encontrar. Y no me fío, solo me río. Prefiero eso antes de llorar. Hoy es un día, es un día, es un día especial”. Mis ojos se abren como telescopios y quedo pasmado. Pienso que lo invoqué como cuando en el pueblo lo hacían con los espíritus y todos se alborotaban muertos de miedo. El misterio me entretiene. Me asomo finalmente y hago un gesto con la mano como queriendo comunicarme con la persona de la música bonita. Siento nervios. Decido prender la luz pero al hacerlo la ventana distante se pinta de negro. Veo un rostro asomarse pero no logro distinguir. Las cortinas se cierran… eso fue todo.

Amanezco confundido. No entiendo muy bien lo de anoche pero la música sonó y alguien quiso compartir conmigo el enredo. Bajo con el uniforme medio desordenado y me siento a tomar leche con mi mamá. Al abrir la puerta, llegando a la reja que da a la vereda, un sobre pequeño se asoma entre la alfombra de pies. Lo agarro pensando que es carta de Tía Carmen, pero no tenía remitente, ni dirección, ni estampilla. Madre se encoge de hombros. –“Puedo abrirlo?”– le pregunto. Ella asiente curiosa. Saco de adentro un paquete blanco más duro. “Planetario” leo en un post-it con un corazón dibujado. Me quedo pegado mirando la casa de un piso y medio, mientras camino al paradero lleno de preguntas que no podía responder, lleno de ganas de cambiar un poco el destino de este hogar tan extranjero. Al fin un verdadero día especial…

Continuará.

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