Querido diario: El registro de una terapia colectiva liderada por Young Cister

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No se trata de la letra, me recordaba una y otra vez. Se trata de lo que siente. Tal vez de lo que yo también siento. Me hubiese gustado hacerle un par de preguntas, pero cuando tuve la oportunidad, no pude ni acercarme, por eso las trato de plasmar acá. Me conformé con mirarles a los ojos y la emoción me traspasó en un certero sentir de aprobación. Ya no me importó la letra verdaderamente. El padre recibió el espontáneo abrazo del menor y al cruzar miradas esbozamos una pequeña sonrisa. Había sido el mejor día de su vida y aquel abrazo lo sellaba

En ese gesto me encontré, 18 años antes, cuando mi madre -una esforzada profesora que sacó adelante a sus tres hijos- me sorprendió para mi cumpleaños con las entradas para ver el espectáculo Disney On Ice “Cien años de magia” en Espacio Riesco. Ocasión que ciertamente fue una de las mejores de mi vida, porque sé cuánto le costó y cuánto lo valoramos, aunque ahora casi ni recuerde los pormenores de ese día. 

Vuelve al presente, me dije. 

Lentamente abandonaron sus sillas y emprendieron rumbo a otro lugar, dejando tras de sí una estela de sentires yuxtapuestos. Vuelve al presente, continué, es solo un concierto de reggaetón. Entonces miré a mi amiga, con sus ojos también vidriosos, y supe de inmediato que lo que allí habíamos vivido no se podía reducir a un momento. “El Concierto Más Xulo” que el Movistar Arena haya conocido removió los recuerdos más sensibles de miles de personas que se enorgullecen, al igual que yo, que un cabro de la periferia haya llegado al escenario más importante del país

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“Quiero acompañarte cada día a tu trabajo, a tu escuela, a tu universidad…Acompañarte en tus penas y alegrías. Quiero que dejes los miedos a un lado, y vayas por lo que realmente te mueve. Siempre, pero siempre, hay un motivo por el cual levantarse en las mañanas y comenzar tu día. Soy Esteban y hoy serás parte del mejor día de mi vida.” 

Con estas palabras Young Cister daba por finalizado el video que encendería el ánimo de la noche y de manera inmediata salió al escenario para cantar su reciente hit “Debi llevarte flores”, instante en el que quedó atrás lo emotivo para dar paso al baile. Como la idea original era esa, nos paramos y comenzamos a hacerlo. Sin embargo, mis sentidos estaban alerta y me sorprendí, primeramente, de la puesta en escena. Las visuales, cada tanto traducían de forma poética las letras; y la escenografía le daba un toque dulce y caricaturesco, en el buen sentido, al concierto

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La niñez busca referentes y los encuentra a su medida

Canción tras canción, me di cuenta que no era tan fan como yo creía. Comencé a mirar a mi alrededor y me encontré con el público. No existía una prevalencia de género, aunque sí de tramo etáreo. Reconocí rostros que no representaban la mayoría de edad ni tampoco la vieja usanza. Tanto hombres como mujeres tenían adornos en sus caras. Brillitos que me parecieron sencillamente hermosos, pues me resulta un giro impensado para las y los nacidos en la generación de los 90 ‘s, donde los hombres -por más que quisieran- no podían ser Britney y las mujeres solo podíamos serlo

Quienes más vitoreaban claramente eran de esta nueva generación. 

En consecuencia, llegaron a mí una vez más los ácidos cuestionamientos que la crítica le hace al género urbano, en el que se cree “nadie piensa en los niños”. Y sigo: Que está lejos de seguir las pautas dogmáticas de un programa educacional en torno al sexismo y la violencia, por las letras que algunas profesan; que no tiene futuro como género musical; que nos lleva al despertar precoz de la sexualidad, que solo habla de drogas, etc. 

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Sumado a esto, se cruzó por mi cabeza una sentencia que escuché el otro día debido a otro debate que ha generado polémica últimamente, algo similar a esto: “no se nos olvide que en la niñez existen prácticas sexuales y negarlas es parte del adultocentrismo que nos ha obligado a colocarles etiquetas y guardarlas en un cajón oscuro de tabúes”

De modo que, sin casarme con una resolución a estas problemáticas que me acechaban, me vi siendo esa adulta que aboga sin contextos situacionales por la reducción de la música urbana en los colegios. Me sentí completamente contradictoria. Tenía tanto en mi cabeza que me olvidé a lo iba, me olvidé de bailar. Pero el encuentro tendría más para ofrecerme y lo hizo. 

Al frente mío un niño de no más de 12 años en compañía de un adulto -supongo que de su padre por la similitud física y por cómo lo abrazó al terminar el concierto- coreaba cada canción del también joven artista. Se sabía todas las letras. Todas. Algo que me impresionó bastante, pero que no superó mi asombro por el uso que le dio a su celular. Sí, porque desde que inició el show apretó REC en su pantalla y comenzó a grabar sin parar. 

Imagino que como insumo para la posteridad, reflexioné.  

Me hubiese gustado tener las tecnologías de hoy en día para haber dejado registro de Disney On Ice, aunque también hago mío ese dicho que recalca la importancia de vivir el momento, y creo que por eso trato de grabar lo justo y necesario para recordar. En fin, otra cosa más que añadí a mi lista de pensamientos. 

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La camaradería del género urbano

La primera fue una llamada. Nos miramos pensando quién respondería del otro lado. Entonces el joven de 26 años contestó y la voz al otro lado de la línea fue del autor de nada más ni nada menos que de “Cochinae”, Julianno Sosa. Allí se desató la locura mientras sonaba de fondo el tema que tienen en conjunto “Ganas”, una de mis favoritas de ambos. 

Luego, en vivo y en directo, apareció en escena Polimá Westcoast para cantar juntos “Sextime”. Ambos se deshicieron en palabras de agradecimiento, mientras mi amiga y yo hacíamos lo mismo. Todavía teníamos remanentes emocionales del video exhibido en un inicio. A continuación, como en un especial de programa nocturno, Cister dejó solo en el escenario al recién llegado y le comentó con algo parecido a un “todo suyo” y empezó a sonar “Baby Otaku”

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Para entonces el niño ya no estaba grabando. Gracias a su padre, que se ofreció a reemplazarlo en las tomas audiovisuales, se encontraba disfrutando de sus manos libres y bailando el ya conocidísimo trend de TikTok que tiene esta canción. Supongo que en un esfuerzo comunitario para que el mayor deseante allí tuviera su espacio de goce, en el presente. Comienzo a cuestionar mis creencias…

Deseo escribir sobre “La camaradería del género urbano”

Al igual que las luces iluminaban el escenario, me vi invadida de un nuevo foco. Uno más positivo. Quizás de uno verde. Dicen que es el color que nos hace sentir más felices. Llego a la conclusión de que algunos músicos urbanos entienden su importancia social y lo que la expresión de sus esfuerzos puede llegar a generar en su audiencia.

Refuerzo la aseveración. No con uno, sino que con dos ejemplos más. Cuando salió Álvaro Díaz de “La terapia remix”, también tuvo tiempo a solas en el escenario para cantar su tema con Rauw Alejandro, “Problemón”. Al igual que Pailita, quien -en un griterío de aquellos- cantó su tema solista “Parcera”, después de haber interpretado “Caminemos de la mano” junto a su querido y generoso amigo Esteban. 

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Así también sucede a la inversa, pensé.

Creo que busco este tipo de experiencias colectivas, porque sé que allí me encuentro con pares. Siento que de alguna manera u otra pertenezco. No solo estoy viviendo en una época casi idílica para el reggaetón, el trap, el mambo, el rap y el freestyle, géneros que hoy en día se toman los espacios; como en los recién pasados premios La Junta, lo que es tremendamente significativo porque premia años de trayectoria y de empuje. Además estoy disfrutando de un movimiento siempre esquivo para este territorio que ha pecado tantas veces de pacato. Yo la primera, me dije. 

Aunque me gustaría incluir en este debate a las mujeres y corporalidades disidentes (maricas, camionas, travestis, no-binaries, entre otres), lamentablemente, aún no tienen la exposición que es debida en este género musical y esa es una problemática extensa que preferiría abordar más adelante. De la misma forma que me gustaría comentar en otra oportunidad, la relevancia de la salud mental en los discursos artísticos estos últimos años.

Todos estos devenires mentales que me situaron en diversos cuestionamientos alejados del sentir, me invadieron de tal forma que preferí sonreír y disfrutar de lo que quedaba de concierto sin mayor apremio resolutivo, nuevamente. Para ya, una vez fuera del recinto, proseguir con las deducciones de lo vivido con mi amiga. Concordamos en varias cosas. Le confesé que me había asombrado cuando subieron al escenario los niños protagonistas del video “Llámame bb”, el último gran junte con Pailita, porque pude vivenciar -a través de los ojos del niño- el lugar que hoy es posible de alcanzar. Algo que en mi niñez hubiera anhelado si creyera posible. 

Entonces entendí lo que es buscar un referente, una persona a la que admires por lo que logra transmitir y hacerte sentir. Como lo fue el rock and roll hace unos años, hoy es el reggaetón lo que nos hace vibrar. Veo al género urbano como la excusa para encontrar situaciones, grupos y experiencias que me conecten con el Chile reciente, a pesar del pasado. Porque todavía me duelen los vestigios dictatoriales que han marginado y sepultado los sueños de miles. Porque aún no olvido la precariedad de mi infancia y la valentía de mi madre. Por tanto, creo que no abandonaré tan fácilmente ese abrazo de agradecimiento que marcó mi asistencia a una ocasión que me llevó más allá. 

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Una respuesta

  1. Toda expresión artística es arte, todas las generaciones hemos tenido diferentes movimientos tanto en Arte, Musica y Danza. Agradezco a la Cony el permitir disfrutar de estos momentos únicos en la vida que a niños(as) les hacen pensar que lo imposible y los sueños pueden ser realidad. Querida hija te regale un sueño con mucho esfuerzo y con todo el amor del mundo y como te digo ” no existen los imposibles” Te ama tu mami y estoy muy orgullosa de lo que logras todos los días.

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