Querido Diario: yo no fui a despedirme, fui a dar las gracias ¡Los quiero mucho Niño Cohete!

(Texto y Fotos por Catalina Paz).

A Niño Cohete lo conocí el 2012 por medio de un ex-pololo que se fue a estudiar a Concepción. En un mensaje de esos que llegaban una vez a las mil, venía adjunto un link de Youtube con la canción “Máquina del Tiempo” (Niño Cohete EP, 2012 – Beast Discos). El amor que sentí fue instantáneo, y no porque dicho descubrimiento haya sido gracias a la persona con la que viví mi primera y única relación de enseñanza media frustrada, sino porque en ellos vi una posibilidad de encontrar musicalmente algo que nunca me había trastocado de esa forma. Y siempre fue muy recóndito, difícil de poner en palabras. Lo sigue siendo.

Desde que leí sobre su separación mi corazón se trizó un poquito. Fue un shock leer el mensaje largo en su fan page. Me costó asimilarlo. Me negué tanto a asumirlo que oculté, desplacé, no sé qué, el tinte emocional que tuvo la noticia en mí; como si de paso no quisiera creer del todo en los hechos, como si una esperanza disfrazara a mi modo, quizás egoísta, de el querer aceptar las cosas.

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El sábado que recién pasó, mientras caminaba a La Cúpula para el esperado y a la vez no tan esperado show de despedida, aún no me dejaba golpear por el látigo de mis emociones. Iba con la cabeza en otras cosas de alguna forma relacionadas: tenía frío, miedo de sacar fotos (es que los eventos más grandes siempre me ponen nerviosa), ganas de comprarme un disco pero ni un peso en el chanchito, ganas de encontrar a los amigos en el mar de gente que había, entre otras. Estábamos con el Jaque, medio pololeando, sentados mirando la cola que se extendía por el Parque O’higgins, cuando nos hicieron entrar.

Los primeros minutos fueron una espera terrible. Con los gritos del público ya me había puesto ansiosa y estaba al fin experimentando un poco de esa adrenalina que no me había permitido sentir. Todo el tiempo, cuando estoy parada frente al escenario, pienso en que ojalá las fotos me salgan bien. En ese instante sólo quería que aparecieran pronto para verlos y saludarlos y empezar a asumir el “adiós” desde cerca. Así fue como no me importó si lo estaba haciendo bien o mal, si la luz ayudaba o dificultaba, si la batería iba a durar o no… estaba al frente de Niño Cohete, escuchando mis dos canciones favoritas y aquella era la última vez que los vería. “Rengo”, “Los Alemanes” (favorita 2), “Osos y Cazadores” (favorita 1) y “Hierba de San Juan” me hicieron la menos fotógrafa-amateur y la más fan cantando como si estuviese del otro lado de la barrera.

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Encontré al Jaque cuando Matías rememoraba el paso de la banda por el Lollapalooza hace ya varios años atrás en ese mismo lugar ¡Las vueltas del destino! Desde la galería pude apreciar mejor toda la composición del show: la iluminación terriblemente compañera, las pantallas temáticas, los integrantes y sus ropas negras repartidos en el espacio cual luto, cual momento de sombras. “Fiordos”, “Botes” y “Continente” llegaron con su frescor a convencerme de que el último disco es uno de mis teletransportadores preferidos a paisajes que no existen en mi cotidianidad. “Sigamos los caminos”, “Hombres de la niebla” y de repente todo oscuro, todo en silencio, “La Era del Sur” y cientos de estrellas adornando la sombra de los chiquillos perdidos en el escenario. En ese momento sentí que el lugar cumplía un sueño que siempre tuve al escucharlos: compartir un cielo de noche, con sonidos, ecos, el horizonte.

Siguieron canciones intercaladas entre el Aves de Chile (2013 – Beast Discos) y La Era del Sur (2015 – Beast Discos). “El escondite”, “Verano”, “En las trincheras”, “Puerto Tranquilo”… y “Monstruo”; esta última siempre me eriza los pelos. Me hace acordar de que cuando era chica los monstruos siempre me daban piedad, no podía odiarlos ni rechazarlos pese al temor. Qué difícil era en ese entonces discriminar… lo monstruoso y lo bonito podían convivir perfectamente. Después vino “Pájaros rojos” que me gusta mucho porque es bailable y optimista. Hace que cualquier espera sea una pary. “Amuleto” puso la primera pausa. Es que ya iban 17 temas de corrido.

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“Vultur” los trajo de vuelta con esa profundidad bacán que se potencia con la percusión que agrega Pablo hacia el final. “Cazando lagartijas” y “Semillas de Volcán” me hicieron cantar con ganas mientras movía el esqueleto. En esta última se prendieron las linternas de los celus espontáneamente y qué bonito que fue, qué bonito se veía todo. Fue emocionante ver tantas luciérnagas virtuales acompañando el Sur que Niño Cohete dibujaba como nunca antes en ese instante. “De donde soy” para los nómadas. “El bosque” y “La fábula” para los que aún se emocionan al jugar a la pinta, al luche, a inventar historias.

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Y el show comenzaba a despedirnos. Cuando sonaron los primeros acordes de “La Muerte” me sentí en la completa nostalgia. Tuve la esperanza de que para la ocasión usaran esos trajes de pájaro con los que aparecen en el videoclip de la canción, performance súper ad-hoc a su onda folk sureña, pero no, otra vez quedó como deseo fallido. En fin, pese a que mi capricho no se cumplió, estar ahí fue igual de mágico e intenso. Luego de casi dos horas recién entendí que era mi último show en vivo junto a ellos. ¡Pero quedaba una más! Entre alaridos y abucheos volvieron a escena e hicieron realidad lo que el público pedía hace bastante rato: “Máquina del Tiempo”; un regalo extraño de encontrar en los setlists, mítica, de esas que justamente hay que invocar casi con toda la energía cósmica. Y así la canción con la que inicié mi historia con ellos hoy cerraba un ciclo. Dramática pero especial coincidencia.

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Cuando los vi abrazarse antes de bajar ya definitivamente, pensé que en realidad durante esa noche mi corazón estuvo contento. A pesar de la angustia que por lo general me atrapa para las despedidas, creo que Niño Cohete dejó una huella imborrable. Desde que los conocí admiré profundamente esa espontaneidad con la que sus sonidos reflejan sus inquietudes. Escuchar hablar sobre un juego rústico en vivo pero a la vez estar jugando mientras se mueven los pies, es algo que no había encontrado antes con ninguna otra banda local. El efecto casi alucinatorio de sus composiciones que hacen sentir la leña, el frescor de los bosques, las constelaciones más vivas sin rascacielos dividiéndolas, ese efecto es fruto de un correlato que nada tiene de repetitivo y todo tiene de sensato. La niñez y la naturaleza como dos amigos, compañeros de viaje eterno, que ojalá siempre pudiésemos mirar, querer, resguardar. Niño Cohete avivó en mí esa vuelta a lo ancestral, a lo chamánico, a todo aquello que nuestro mundo maquinizado suele olvidar; música para reconquistar territorios, tan concretos como subjetivos. Por esto y por quizás cuántas cosas más que no sé cómo escribir es que no puedo despedirme sino sólo dar las gracias.  Qué bueno que pude vivir esta despedida celebrando los aciertos, más que sufriendo los contratiempos (y ya sí, quizás aún no lo asumo del todo, pero qué más da); queda su legado en mí y si digo adiós, lo hago con cariño y mucha nostalgia del buen pasado que tuvimos.

PD: Lloré escribiendo todo lo que no lloré en el concierto. Diario tkm.

IMG_7044Niño Cohete en Teatro La Cúpula – Sábado 06 de mayo 2017.
Pablo Álvarez (voz y guitarra), Matías Pereira (guitarra),

Cristian Dippel (teclados), Camilo Benavente (bajo) y Joaquín Cárcamo (batería).

Revisa la galería completa de este show aquí.

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