Querido Diario: Buddy Richard, el popular cantor

(Texto por Sebastián Monzón).

Sólo porque sí, porque lo bueno se celebra, porque no es necesario esperar a conmemorar una muerte para decir lo maravillosas que son (o que fueron) algunas personas, porque su música está en el aire, en el murmullo colectivo de la ciudad que caminamos a diario, en un almacén, en la casa de la abuela, en el quiosco de diarios, ahí, donde está la gente, donde encontramos el alma de un país que nos quieren hacer ver tan global, tan inmenso e insondable, pero que hoy no es menos reflejo de ese Graneros que vio nacer a Ricardo Roberto Toro Lavín. Celebrémoslo hoy, mañana ya no cuenta.

El olor a mermelada hirviendo en una olla que parecía jamás salir del fogón, el aroma del shampoo, las alpargatas que molestaban un poco en el dedo chico porque eran nuevas, compradas especialmente para usarlas en el verano, el pan con manjar en una mano y en la otra la pelota. Mi mamá gritando desde algún lugar que no nos ensuciáramos, que recién nos habían bañado y que la ropa estaba limpia, que nos comiéramos el pan quietos, sentados, que no le fuéramos a pegar un pelotazo al gallinero porque el tío nos iba a retar. Son sensaciones, son recuerdos que llegan con olores, sabores y tibieza más que con estructura. Así eran las tardes en Mandinga, ahí en el Km. 14 del Camino a Rapel, simples, cargadas de sol y energía y musicalizadas durante 12 horas continuas por el favorito de todos, de mi papá, de mis tíos, de mi mamá y mi abuela, el transversal, el que hace bailar, reír y llorar a partes iguales, el de las canciones eternas que mutan en nuevas imágenes y que nunca suenan igual, que siempre tienen un nuevo detalle que descubrir, él, el que tiene un lugar de honor entre los más grandes, el de siempre: Buddy Richard.

Era un cassette blanco, de esos con un olor tan exquisito como indescriptible, de esos que por diseño era mis favoritos, porque era un blanco especial, y siempre se diferenciaban de los otros. Tenía unas 12 canciones, 6 por lado, y descubrí, gracias a él, en esa temprana edad, que las melodías eran lo que definía la música, lo que diferenciaba una buena canción de una mala.

Niño descubrí que el coro de “Despídete con un beso” iba a gatillar mi amor por la balada “cebollera”, que el comienzo de “Si me vas a abandonar” marcó a fuego la música bailable que por tantos años desprecié, hasta ahora. Porque Ricardo Toro Lavín desde que se transformó en Buddy Richard se propuso experimentar con lo que respiraba, con lo que miraba en su natal Graneros, con los amores y desamores, con su niñez, su juventud y su adultez, tomar una guitarra y decir lo que de otra forma no podría. En resumen, guiarse por su propio instinto. Cambió de sello varias veces por “diferencias artísticas” en la mitad de los años 60, cuando era un crío y luchaba porque sus composiciones fueran la punta de lanza de su carrera, no los refritos gringos que los productores lo querían hacer grabar. Ese es Buddy, un porfiado, un outsider.

En ese momento, en ese verano, en ese espacio familiar protegido, uno simplemente disfruta lo que escucha, sin tomarle el peso a las palabras, sin entender la real magnitud de la“Balada de la tristeza”, repitiendo lo que dicen los mayores, que es una “canción linda”, sin pensar en la historia detrás de esta y de quien nos acompañaba desde el desayuno hasta la cena, de quien hizo cantar a mi abuela, una señora cuya alegría se niega a mostrarle a la vida, de quien parecía tener un diálogo tan íntimo como misterioso con mi mamá, cuando planchaba al lado de la radio y cantaba siguiendo la letra, y se equivocaba y parecía que Buddy la corregía y así seguían, por horas, daba vuelta el cassette y comenzaba todo otra vez. Era una presencia como cualquier otra en la casa, estaba ahí, se extrañaba, “¿Oye, y por qué apagaron la radio?”, “Y el Buddy, ¿por qué no está sonando?”, lo llegamos a conocer, pero como mero bufón, sabíamos que era Buddy Richard, el cantante, el artista, pero nunca conocimos a Ricardo Toro, probablemente nunca lo entendimos y se lo debemos.

Nunca pude olvidar a Buddy, se resistió al paso de los años, a la adolescencia rebelde, al joven rockero que despreció el “mainstream” por considerarlo basura, pero que no era más que un hipócrita, un niño. Siempre volví, había algo ameno y triste en “Con mi bombo y mi chin chin” (Sí, esa misma que popularizó el Pollo Fuentes en su disco “Cargamento de éxitos” de 1972, pero que fue compuesta y lanzada un año antes por Buddy en su tercer LP “Quiera Dios”) que me llenaba de un calor paternal cuando pensaba en que lo mío eran los libros y que a nadie parecía importarle; había también algo oscuro en “Espérame”, y algo dulce en “Cielo”. Ahí estaba todo, había toda una vida, la de un hombre enamorado, devastado y esperanzado. Ahí estaba Buddy.

Fue en ese momento que entendí la figura, el ícono, entendí que tal vez ese verano, Buddy vivió en muchas casas, no sólo en la de mi familia, vivió en tantos llantos, en tantos enamorados y en tantos desdichados.

Ahí conocí a Ricardo Toro y supe quien era, ese señor que respira música, que se comió los escenarios con su alter ego hasta el día de su retiro en el 2008, que dijo en la Revista Ritmo que Don Francisco trataba mal a los artistas y a la gente pobre, que por eso le costó ir a Sábado Gigante, que nunca tuvo reparo en tocar en cualquier escenario, en donde se lo pidieran, porque lo importante para él siempre fue llegar a la gente y acompañarla, abrazarla con su música; Buddy es ese que agradeció a Los Tres por haber versionado un tema de su repertorio, con esa humildad que sólo los grandes tienen, los enormes, los que quedan grabados en el inconsciente colectivo, los que pasaron a ser parte del rojo que tiñe la bandera, esos que son parte del Chile más lindo, del familiar, del que no desconoce su raíz humilde.

Ser adulto es la suma de valores, experiencias y enseñanzas, y son tantos los maestros en el camino que uno siempre se queda con los mismos: con los padres, con los tíos, con un par de amigos, siempre se cae en el cliché de agradecer a ese círculo que parece venir como torrente a la memoria cuando se trata de ponerle cuerpo a los que te han formado, pero nadie se acuerda del músico, del actor, de ese director de películas que fueron determinantes, de ese escritor que te hizo conocer mundos, no, ellos son los bufones, están ahí para entretenernos y los mantenemos lejos. No los mezclamos con nuestros cercanos.

No quiero que eso pase con Buddy, porque ha sido importante, porque su tozudez ha sido un par de brazos amigos, su forma de hacer las cosas ha sido enseñanza y su arte inspiración pura.

“Una vez yo tuve la ilusión de ser un popular cantor, pero por las calles voy mucho mejor… Por un billete canto y bailo.”

Gracias, Buddy.

 

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           (No es el cassete de la historia, pero sirve como referencia).

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