Mejor que yo

(Texto por Sebastián Monzón).

Desperté con la boca seca, con la lengua irritada y con sed, mucha sed. Por lo mismo no quería abrir los ojos, sabía que no estaba en mi casa, ni en la tuya, estabas a mi lado, era obvio que estábamos en algún otro lugar.

Reconstruí mentalmente el camino hasta aquí.  Llegué en un taxi hasta la casa del Hugo, ahí en una población a la que no podría volver si así lo quisiera porque no recuerdo dónde está, toqué una puerta de madera y me recibieron tus amigos, tu estabas sentada rodeada de gente como siempre, riéndote, feliz. Me viste, y me llamaste con la mirada. Saludé a unas cuantas personas y fui hacia ti. Me diste un beso, tibio a pesar de la cerveza fría que estabas tomando, rosaste la punta de tu lengua en mis labios cuando me estaba apartando y te reíste coquetamente.

Ahí supe que eras tú, nadie más que tú, incluso más que mi novia, que estaba en mi casa, en la de ambos, tratando de sostener los muros que se caían a pedazos, tratando de tapizar las paredes manchadas, de esconder la basura debajo de alfombras que tejía a mano, minuto a minuto. Tratando de hacer evitable lo inevitable.

La noche se fue rápida como siempre que uno se entretiene. Recuerdo claro, fuiste al baño, yo a buscar una cerveza más al refrigerador. Te esperé en el living de esa casa vieja, llena de recuerdos familiares, de generaciones, de mucha gente que había pasado por ahí. Te tomé una mano y te acerqué a mi, te abracé y te apreté el culo con una mano. Tu culo siempre fu mi debilidad. Te di un beso y te pregunté si querías pololear conmigo, estaba ebrio, tu también, te lo pregunté a pesar de que habíamos salido no más de 5 veces y que ya estaba pololeando con otra, aunque eso tú no lo sabías. Me dijiste que sí, y metiste tu lengua en mi boca otra vez. Salimos y lo anunciamos a todos, a nadie le sorprendió, todos sabían que era inevitable. Lo inevitable.

Nos fuimos a la cama ya de amanecida. Me llevaste una cerveza porque querías conversar conmigo. Nos sentamos en una cama pequeña de algún dormitorio que encontramos escondido entre varios más que ya estaban ocupados. Me miraste, abriste la cerveza, la pusiste en mi mano y me dijiste que te disculpara, que no íbamos a poder follar porque andabas con la regla y no te gustaba hacerlo así, pero que si quería podías “hacerme otras cosas” y esas otras cosas las dijiste subiendo y bajando tus cejas, pobladas como ya no se ven. Me reí, siempre me hiciste reír tanto, y te dije que no importaba, que durmiéramos.

Eso es lo que recordaba mirando tu espalda, con miedo a abrir los ojos, negándome a despertar. Te diste vuelta, somnolienta, y me besaste, me dijiste “Hola, mi amor” y supe que estaba jodido.

Ya había pasado la valentía que te da la noche y el alcohol. Eras mi polola, así lo reconocías, y me pedirías andar de la mano por la calle, me preguntarías si podías ir a mi departamento, en el que te dije que vivía solo, hace meses, ya que había terminado con mi pareja, me pedirías tiempo, también, como lo hacen los pololos y yo no tenía nada de eso, o lo tenía pero para otra persona, para esa que estaba en el departamento seguramente esperándome, sabiendo que estaba con otra persona pero creyendo, forzada por el miedo, en mi versión de que iba al cumpleaños de la hermana del Manuel, y que el celular lo iba a apagar porque en esa familia eran jodidos con el tema de estar presentes cuando estaban juntos. Para esa que, a pesar de mucho, llevaba años a mi lado, para esa a la que mi familia adoraba, no para ti. Estuvimos hasta más allá de las 6 de la tarde juntos ese domingo. Tu feliz, yo a medias. Te amé, creo que por varios días, lo sentí así, pero lo nuestro estaba basado, de mi parte, solo en mentiras y no podía salir bien. Nos tomamos unas cervezas más ahí en un bar en Estación Central y nos despedimos. Quedamos de vernos al otro día.  Obvio, éramos pololos.

Esa fue la última vez que te vi, hasta hoy. Ni siquiera fui capaz de que nos reuniéramos para explicar por qué le estaba poniendo fin a algo que yo mismo comencé sin ninguna presión de tu parte. Ya olvidé, por fortuna, las conversaciones y los mensajes a través del teléfono con los que, durante dos días, dimos por terminada la historia, esa abrupta y potente en la que nos vimos envueltos.

Hoy te vi, estaba esperando el metro en el anden de estación Santa Lucía que va a Escuela Militar y tu estabas con tu pareja, supongo, en el anden del frente. Te veías igual, las mismas calzas, las mismas zapatillas, tus chaquetas largas y desteñidas seguramente heredadas de algún amigo, tu pelo despeinado, tu sonrisa de oreja a oreja y tus cejas, igual que antes, cejas despreocupadas y atemporales, con carácter. Tu novio te tomaba la cara y te pasaba la lengua, y reían juntos.

“Un gran discurso, un nuevo año, entre las sábanas me vuelvo a armar.
Un aire raro sobre Santiago, hay algo que no nos deja respirar.
Mejor que yo, soy tú, nadie puede decir lo contrario…”

 En mis audífonos Daniel comenzaba a cantar “Mejor que yo”, y me encontré sonriendo, triste por no ser ese que te está pasando la lengua por la cara en medio de un estación de metro repleta de gente, pero feliz por ti, porque ahí estás, confiando de nuevo, a pesar de las mentiras que te dije, y que de seguro otros también te han dicho. Tú feliz y yo aquí solo, ahora sí de verdad, viviendo, durmiendo y despertando solo. Pienso que para cuando esté listo podría intentar ser como tú, y sanar. Un poco, por lo menos.

Mejor que yo, soy tú.

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