30 años de “La Cultura de la Basura”: Tenemos la cabeza dura.

(Texto por Sebastián Monzón).

“Y tenemos aquí un disquito simpático para ti, muñeca, que estás solita en tu casa… A ver, ah! Los Prisioneros, La Cultura de la Basura…”.

1987, el año de la visita de Juan Pablo II, ese Santo que es más una espina en el costado de la Iglesia, que cualquier otra cosa, ese Papa que en su paseo por Chile ayudó a sostener, a través del miedo, como siempre, los cimientos cada vez más inestables de una dictadura en decadencia. El mismo año de la Bolocco, de ese triunfo que sacó a la gente a las calles, y que, sumado a la visita del pontífice un mes antes, daba muestras de la palpable unidad del país, del reencuentro con el vecino, con el colega, ya sin miedo, sin callarse la boca por miedo a que algún “sapo” le fuera con cuentos al milico de la esquina. No, estos dos hitos nos hablaban de la unión que siempre quiso el “Gobierno militar”, del entendimiento final. ¡Viva el Papa, viva la Bolocco, viva Chile y el Capitán General!

20 días después, 12 miembros del FPMR fueron masacrados por la CNI en la Operación Albania… Y nadie dijo nada.

En ese ambiente discordante, en el que pocos entendían mucho y muchos entendían nada, Los Prisioneros, pillados en el tiempo por los malditos contratos que los obligaban a entregar algo nuevo antes de Navidad, grabaron su tercer disco, el más punk de todos, el más violento y rabioso: La Cultura de la Basura.

Hablar de “La Cultura…” posterior a su lanzamiento, es hablar del lado más cruel y salvaje de ese periodo. Por canciones como la homónima, y letras como la de “Usted y su ambición”, “Jugar a la guerra”, “Lo estamos pasando muy bien”, y la profética “Poder elegir”, los de San Miguel fueron censurados, así, sin florituras retóricas, sin suavidad, censurados por el Gobierno Militar que redujo los espacios en donde se podían presentar relegándolos a ser una banda casi exclusiva de concentraciones del NO, de peñas, de lugares cerrados, de fiestas universitarias que terminaban repentinamente cuando aparecían los pacos pateando puertas y personas sin distinción alguna, porque eso significaba ser artista en los años finales de la dictadura, una ruleta, un azar, un periplo doloroso pero necesario que se aceptaba casi de manera natural. Vivir con miedo era la regla.

El disco es un complejo puzzle que se va armando canción por canción a medida que va pasando. Es la representación más exacta de la necesidad de escuchar un disco de principio a fin, desde su canción 1 hasta la 14 sin saltarse, sin esa costumbre tan Millenial de no respetar el orden que el artista le da a su obra, acá es necesario, porque es parte fundamental del viaje, del trayecto duro y movedizo que parte con “Somos solo ruido”, esa declaración de principios que va dirigida al resto de las bandas que surgían en Chile y que miraban a Los Prisioneros como algo que ya estaba pasando, que tuvo trascendencia en algún momento pero que ya había que guardar por ahí, en algún cajón, para dar paso a la nueva estética foránea, a lo que viene de afuera y a la programación de las radios, y que termina con “Poder elegir”, esa canción / vaticinio de lo que vendría un par de años después con las elecciones del Sí y el No.

Pensar el disco, hoy, 2017, y darle una nueva escucha deteniéndonos en los detalles, se transforma en un ejercicio desolador. ¿Cómo es posible que canciones como “Algo tan moderno” siga teniendo vigencia a 30 años de ser escrita? ¿Cómo no nos aterroriza que cualquier niño escuche “Lo estamos pasando muy bien” y entienda que, salvo algunos nombres, están describiendo su entorno? ¿Cómo permitimos que “Maldito Sudaca” siga teniendo sentido? ¿Es que no hemos aprendido nada? ¿Es que no hemos avanzado nada?

Es verdad, los discos se convierten en clásicos cuando son atemporales, cuando da lo mismo escucharlos en los 80’s, los 90 o en el 2000, pero en este caso escuchar a Jorge decir: “Sale de su cueva / monta en su auto / pisa con recelo sobre el asfalto / noche y día concentrado en un fin / y las garras duras sobre el maletín” y pensar que hay un empresario multimillonario que ha construido un imperio en base al engaño, la desvergüenza y el aprovechamiento queriendo ser Presidente de Chile por segunda vez, deja un regusto ácido y nauseabundo, implanta un sentimiento de abandono, de soledad, de no sentido y de que da lo mismo todo, de que da la mismo tratar de ser alguien correcto, alguien “buena onda” si los premiados son otros, si el que se lleva los laureles y es tratado de exitoso es el ambicioso, el que no tiene escrúpulos en vender al del lado por un par de monedas, por un ascenso, por la consideración de un puesto en la mesa del patrón.

¿Y qué pasa con esta ola de patriotismo sin vergüenza que de pronto invadió a tanto chileno cuando se trata de mirar al haitiano como a un igual? ¿Qué pasa que aún hay muchos que consideran la homosexualidad casi como una enfermedad, como algo a condenar? Nos transformamos en La Cultura de la Basura, en dignos representantes de lo desechable, de lo perecedero, de los valores no durables, de la ética moldeable al mejor pagador, a lo que esté de moda en el momento.

La Cultura de la Basura no puede entonces ser tomado como una fotografía del año ’87, no, debemos mirarlo como el vaticinio que dejamos pasar, como la advertencia que decidimos obviar por ser molesta, dolorosa incluso y que nos dejó aquí, en estos días convulsos en que no hay definiciones de nada, en que ya nada es blanco o negro, porque se instauró que el extremo es nocivo y lo coyuntural una muestra de reticencia al cambio indigna a los tiempos.

¿Debemos entonces celebrar que La Cultura de la Basura siga vigente? Sí, como una obra de arte, porque lo es en todo lo extenso del concepto, pero que su premisa siga siendo relevante y discutible debería sonrojarnos, debería molestarnos e incomodarnos para sacudirnos la hipocresía de una vez por todas, porque el daño lo vimos venir y no hicimos nada, porque lo dejamos pasar y miramos hacia el lado, porque sin duda alguna, “tenemos la cabeza dura”.

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