Un audífono tú, un audífono yo: Capítulo 3

(Texto por Tillo).

Saliendo de la tienda caminé apurado hacia San Martín. En la casa me esperaban para celebrar el cumpleaños de mi mamá con una once familiar. Por culpa de mi apuro olvidé en el trabajo el regalo que le compré esta mañana. Quedó debajo de la mesa de la cocina. Linda manera de llegar a mi hogar con las manos vacías, sobretodo cuando a mi madre le encantan los presentes en estas fechas especiales. Me lo va a sacar en cara por siempre, ya me preparo mentalmente para eso.

Llegando al paradero veo que la 201 está tomando pasajeros, corro hacia ella sin pensarlo. En un día normal eso jamás hubiera pasado, porque no hay nada que odie más que tener que correr para alcanzar la locomoción. Han sido tantas decepciones, una tras otra, que no quiero volver a pasar por eso jamás. Llegar a toda velocidad para tomar el bus y que éste retome su camino ignorándote por completo es una de las cosas más humillantes de la vida. Después de varios intentos me prometí no volver a hacerlo. Hoy rompí esa promesa y funcionó.

Soy el último pasajero en subir a la micro. Avanzo por el pasillo con cero expectativa de encontrar un asiento vacío. Así a la rápida me fijo en que mi asiento preferido está ocupado, no así el puesto ubicado justo al lado. Camino para tomarlo y me doy cuenta que Constanza es la persona que utiliza “mi puesto”. Mi sonrisa fue inmediata, más aún cuando me di cuenta que ella ya me había descubierto y también sonreía. Lo primero que pensé fue que todas las películas que me pasé estos días no habían sido excesivas. Constanza lucía más linda de lo que yo recordaba.

– Perdona que haya ocupado tu puesto – me dijo sin dejar de sonreír.
– No, no te preocupes, te lo presto por hoy – aclaré siguiéndole el juego y acomodándome a su lado.
– ¿Cómo estás? – preguntó con un tono de voz que quise atesorar como quien ve un meme chistoso y lo descarga rápidamente para no perderlo.
– Bien ¿y tú?- respondí mientras ella me saludaba con un beso en la mejilla.
– Uff, muerta de calor, está insoportable – contestó con cara de afligida, agitando sus manos como abanico.
– Sí, se pasó – comenté acomodando mi mochila en el suelo.
– ¡Oye! ese día llegué a mi casa a escuchar Patio Solar.
– ¿En serio? qué buena, te gustaron entonces.
– Sí, mucho la verdad, y encontré más grupos, yo creo que demás los cachai.
– A ver ¿cómo cuál?.
– Mm bueno me gustaron mucho los Niños del Cerro, Planeta No…
– Son bacanes ellos.
– ¿Te gustan? ¿Los cachai?- preguntó emocionada.
– Sí, es que tocan harto juntos.
– Buena, no tenía idea, es que no voy mucho a tocatas.
– Amm, yo paso metido ahí.
– Creo que la última que fui fue una de Lucybell que era gratis y cerca de mi casa.
– Tienes que ir a ver estos grupos, son mucho mejores en vivo.
– ¿Sí? te haré caso, pobre que sean malos- dijo repitiendo esa sonrisa que dejaba ver gran parte de sus dientes. Descubrí ahí la existencia de un par de colmillos muy puntiagudos. Cualquiera pudo haber pensado que aquello era un defecto o rareza, yo sólo pensaba que era un precioso detalle.
– De hecho los Planeta No tocan este sábado – respondí.
– Ohh ¿de verdad? me gustaría ir, pero creo que tengo otro compromiso. Me gusta esa que dice “de sol a sol”- confesó cantando brevemente el estribillo de la canción.
– Es buena, a mí me gusta “El campo”.
– Ammm, no me sé los nombres todavía. ¡Oye! mira lo que tengo- dijo sacando de su mochila el adaptador para audífonos y agregó – ¿Te tinca si lo usamos de nuevo?
– Pero obvio que me tinca, justo ando con unos discos en el celu…

– ¿Cachai a Los Valentina?- interrumpió ella.
– De nombre solamente.
– Me bajé su disco y me encantan ¿quieres escucharlos?
– Ya, bacán – dije observando cómo Constanza desenredaba sus audífonos blancos.

Saque mis auriculares de la mochila y se los pasé. Ella conectó el adaptador a su teléfono y luego nuestros pequeños parlantes. Listos para escuchar, Constanza le dio play al disco.

[Desde aquí le puedes dar play al disco y quizás coincida con la historia]

La batería marca la entrada de la primera canción. “Qué bonito suena”, eso pienso al escuchar la música, la melodía de las cuerdas. Linda guitarra, me hace recuerdos de muchas cosas pero no sé cuáles, no quiero entrar ahora en un análisis de influencias y referencias. Aparece la voz y me sorprende bastante su timbre, su color. Trato de concentrarme en el sonido, pero Constanza mueve las manos siguiendo el ritmo y eso me distrae. Su cabeza se tambalea de lado a lado al compás de la canción. Observo sus botines negros que también se menean. El zapato derecho tiene gastada la punta.

En un paradero desciende una pareja de haitianos, pienso en que me gustaría tener su estilo. Me fijo en una mancha de comida en mi pantalón, creo que es palta, trato de quitarla inútilmente con mis escasas uñas. Miro a Constanza y ella me responde con ojos risueños, detengo ese momento eternamente en mi cabeza. Pongo pausa a la realidad, pero la música sigue sonando. Ella realiza un pestañeo hipnotizante de estrella de cine clásico, ese cuando el párpado no se cierra completamente. Constanza voltea hacia la ventana y no puedo evitar fijarme en un lunar que figura en su cuello. Vuelvo mi vista al frente, en el pasillo avanza un hombre con un enorme teclado Casio amarrado con cuerdas azules a un asiento y a un parlante. Su torpeza hace que la escena sea aún más incómoda de lo que debe ser llevar ese aparataje arriba de una micro.

La voz del grupo que suena en mis oídos es tan cálida que todo lo que veo en la micro parece ser una película muda. Las melodías que hace la guitarra me envuelven como a un bebé recién nacido. Me hacen sentir tranquilo, contento. Termina una canción y en el silencio entre pista y pista aprovecho de pensar en la mejor manera para pedirle el Facebook a Constanza, o algo para no volver a perder el contacto. Siento que cualquier cosa de ese tipo puede arruinar este lindo momento, así que controlo mis ansiedades y aniquilo esos pensamientos. “Deja que todo fluya”, me diría una buena amiga. Vuelve la música a mis oídos. Me doy cuenta cómo reacciona Constanza ante las melodías. Pequeños movimientos corporales que buscan sincronizarse con las percusiones. Pienso en cuando voy a una tocata y los bajos retumban en mi estómago. Pienso en ese “baile” solitario que hago mientras la banda sobre el escenario hace conectarnos a todos con esa misteriosa magia que es la música.

De su mochila Constanza saca una pequeña libreta de apuntes. La observo pero intento no parecer un espía, así que volteo mi vista hacia una señora que cierra y abre reiteradamente los dedos de su mano izquierda. Tiene el pelo rubio y crespo. La libreta llega a mis manos, veo “DONDE TOCA PLANETA NO?” escrito con lápiz azul. Todo en mayúscula. Constanza me entrega el bolígrafo para que yo le responda. Me quito el auricular para hablarle, ella entiende y se quita el suyo dispuesta a oír.

– Deja buscar el evento en Facebook, si quieres te lo puedo enviar – sugiero con sutileza para ver si me da su contacto de una vez por todas.
– Es que lo cerré hace poco – me dice con cara de decepción.
– Ah, no te preocupes, deja ver la dirección – digo mientras abro la aplicación en mi celular. El ruido de la ciudad aparece recién en mis oídos. Hay unos bocinazos, unas micros, pienso en por qué ella habrá cerrado su cuenta de Facebook, pienso que podría pedirle el número entonces. “Planeta No – Maricón Zara en Mibar – Santiago”. Santa Isabel #0350. Eso escribo en la libreta. Se la entrego sin dejar de pensar en todos los mundos paralelos donde yo le pido el contacto. Constanza sonríe. Toma el lápiz y dibuja una carita feliz al lado de la dirección que acabo de escribir.

Nuestros oídos retoman la música de Los Valentina. En esta primera escucha me parecen similares todas sus canciones, tienen un sonido muy unificado, como que fuera una sola gran canción. No es algo malo ni bueno, sólo es bonito. ¿Quién es Constanza? Esa pregunta se me repite en la cabeza y me desconcentra. ¿En qué trabaja? ¿Vive con sus padres? ¿Cuál es su banda favorita? ¿Cómo será salir a tomar una cerveza con ella? ¿Por qué no le pregunto directamente si la tengo al lado? Con sutileza miro su rostro. Ella también me ve, se quita los audífonos.

– Pucha, ya me bajo – dijo ella. Miré al exterior y vi que ya estábamos llegando a El Llano.
– Verdad, oye me gustó el grupo, llegaré a escucharlo de nuevo – comenté quitándome los auriculares de las orejas.
– ¿En serio? bacán, toma, te devuelvo tus audífonos. Oye, yo creo que me voy a ir a dar una vuelta a lo de Planeta No.
– Buena, entonces nos vemos allá.
Sí, ahora ya me bajo así que me despido altiro- dijo acercando su rostro al mío para besarme la mejilla. Respondí el gesto con algo de torpeza.

Me bajo de mi asiento para que ella pueda salir. Con una última sonrisa Constanza comenzó a desaparecer nuevamente, a volver a su anonimato, a su sombra. Yo me senté en su lugar y vi todos sus gestos antes de perderla de vista, todos los detalles de cuando presionó el botón para detener la micro, cuando ordenó su cabello sobre su oreja, cuando se volteó a mirarme por última vez y cuando bajó de la 201. Durante esa secuencia todo el ruido de la ciudad había desaparecido como si aún llevara audífonos. En el momento en que se cerraron las puertas volví a escuchar el sonido de autos, de las bocinas y de la gente. Todo volvió a la normalidad, todo volvió a como era antes.

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