Querido Diario: Nimbo en familia

(Texto por Cristóbal Muñoz Herrera /  Fotos por Jota Zelada).

La Sala El Ángel es muy piola, con el Francisco (sí, el frafris) pasamos de largo como dos veces sin cachar la entrada. Justamente, esto era lo que buscaba el Bronko: un lugar íntimo, familiar, sin cuentearse ni restregar el éxito de llenar coliseos; se armó “una instancia de confianza con quienes estén ahí”, así tal cual como señaló el profe.

Tranquilamente llegaron quienes más tarde repletarían la austera sala de teatro, formando una fila que terminaba más allá de la entrada a la galería. Atento miraba el interior de este típico pasillo comercial santiaguino, de esos que nos ofrecen corbatas, copias de llave, cafés y un corte de pelo, en menos de cinco pasos.

Haciéndonos la idea de salir asquerosamente sopeados del recinto, bajamos animosamente las escaleras tratando de encontrar el mejor lugar para ver al rapero y escuchar su repertorio como si estuviera de maestro y nosotros de estudiantes.

Si bien fuimos citados a las 6, la hora estimada de término del evento y la experiencia en tocatas hacían indicar que el show comenzaría a eso de las siete de la tarde. Sin embargo, no habían pasado ni 25 minutos de espera cuando los wetas  un pequeño grupo de los presentes comenzaron a chiflar y gritar en un fallido intento de apurar la causa.

Íntimo

La entrada de Bronko Yotte -junto a sus secuaces, Dj Pérez y Macarena Campos– al ritmo de Salmo, el primer tema de Nimbo, calló todas estas impacientes voces y las transformó en una ovación instantánea. De pronto, todas las cabezas comenzaron a menearse y a emanar, en coro, las letras. Nos acercamos buscando el mejor lugar para que el Francisco tomara las fotos, algo muy difícil considerando la humilde iluminación del lugar (salió una). Allí, en el suelo, recordé por qué estaba ahí, por qué no me importó la caña que tenía, una que se juntó en base a vacile, trabajo y privación de sueño, la atmósfera. Sin ir más allá, ni aburrirlos con lo atrapante y pulenta que era, nos llenó a todos en conjunto y nos unió al brahama rapero que rápidamente se creaba en el lugar. Íntimo, familiar… de confianza.

bronko/fco guerra galaz

(Foto por Francisco Guerra Galaz).

El Felipe Berríos que no anda de sotana, no descansaba y seguía con el bombardeo de ya clásicos del Gala (2015) y del Con eso te digo todo (Dilema Industria, 2013). Honestamente, el no saberme parte de sus letras me hacía sentir un tanto ignorante, sobre todo cuando me vi sumido entre dos centenares de voces recitando los versos al pie de la letra.

Familiar

Después de tocar Lo valiente, tema que el Bronko presentó con especial cariño por su antigüedad y por los recuerdos que suscita de la época del Piensa en mí cuando duermas (Nocaeniuno, 2006), hizo pasar al escenario a Roberto Lausen, contrabajista, y a Martín Berríos -quien toca en Prehistöricos y ahora en su proyecto solista-, su hermano, para tocar algunos temas que venían preparando en forma de “experimento” desde hace unos meses. Grandmaster Quiltro, en su versión del año 2016 pero acústica, dio inicio al pasaje más sosegado del show. Prenda sonó, gustó y emocionó, mientras que Siempre se sabe nos abrazó, palmeó la espalda, y nos dijo “tranquilxs, todo saldrá bien”.

En medio de este panorama se une Queco Berrios (el Pelao Berrios, como lo bautizó al segundo el Frafris), para tocar un par de temas con sus hijos Martín y Felipe. Nervioso, parado frente a un público desconocido pero atento, comenzó a guitarrear los acordes de Llueve otra vez. Allí, en una especie de talentoso clan musical, los tres Berríos interpretaban unidos esta pieza.

bronko/jaimezelada

Guatero, otra canción extraída de su debut, dio por finalizada esta cápsula acústica que pilló volando bajo a más de alguno, despertando aquellos gritos acallados que el rap, muchas veces, busca ocultar. Sin embargo, para Bronko Yotte y compañía, esto no es problema. Logran converger estos dos mundos paralelos en una sola presentación.

De confianza

Mientras Martín y Queco Berríos dejaban el escenario, y todos en el público asimilábamos  lo que había pasado -tanto en el escenario como en nuestra psique- el profe, en una especie de golpe anímico, da la orden de empezar la base de Sello. “Vamos a dejar un seeellooo, vamos a afrontar que va en eeellooo” corea enérgicamente la Sala El Ángel, como si nada -y todo- hubiera pasado. Así seguimos por cinco canciones más. Disfrutábamos con el Bronko y el Bronko disfrutaba con nosotros.

En un respiro entre beats, se volvió a unir Martín para tocar los “últimos” dos temas de la jornada: Estamos bien, del Gala, y Andrómeda, del recién nacido Nimbo.

bronko/jaimezelada

Con un rápido “chao cabros, ¡muchas gracias!” se retiraron del escenario, dejándonos medios descolocados. No se hicieron esperar los “¡ooootra, ooootra!” de una sala repleta de gente que sabía que algo más debía quedar, como cuando te ves buscando esa cola… esa que sabes que dejaste en la mesa antes de acostarte. El bis ya estaba presupuestado y los artistas no tardaron en salir a interpretar el – ahora sí- final del show.

El piano inicial de Tumbo suena y Bronko nos hizo levantarnos para dar término como se debe. No importaba si estabas en el pasillo o entre las butacas, los mejores pasos de baile del género “a la que te criaste” emergen de un liberado gentío. El mismo éxito rotundo logra Free, cuyo coro fue vacilado y recitado como un mantra común del público que todo lo haría. Suena el último beat y, en la misma, el Bronko hace pasar al último invitado de la noche, Noble MC, para interpretar En nada 2. La ovación y la base del segundo tema del Gala se volvían una, continuando esta efervescencia colectiva de tres partes.

Aprovechándose del carrete que él mismo armó, el Bronko astutamente agradece la presencia de los que allí estaban vacilando, se despide y desaparece por la puerta lateral. La música termina, los artistas remanentes se despiden y el show llega a su fin.

Aún coreando las canciones en mi cabeza, subimos las escaleras para volver al santiago dominical, vacío y caluroso. Pero ya nada era tan desagradable. Lo había pasado bien, lo había pasado pulento.

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