Funk Ficción: Mil Caminos

(Texto por Sebastián Monzón).

<Puedes ser mi alma, sonríeme>

 — ¿Aún escuchas a Lucybell?
— A veces, su nuevo estilo no me gusta, están en otra.
— Puede ser. Yo siempre me acuerdo de ti con una canción de ellos, “Mil Caminos”.
— …
— Antes de que pasara todo y que ambos nos confesáramos, por decirlo de alguna manera, me acuerdo que dormimos juntos, en tu casa, en esa pieza que tenían tus viejos atrás, la que usábamos para hacer las pruebas de cámara, ¿te acordai?
— Me acuerdo.
— Tenías un colchón que era grande, enorme, y tomamos mucho y yo vomité en las ligutrinas del patio. Tú me llevaste a la cama, creo, no me hubiese podido ir solo.
— Sí, te llevé, yo esa vez no tomé casi nada, me dolía el estómago. Tú en cambio te tomaste todo.
— Puede ser, no me extraña. La cosa es que cuando desperté estaba en calzoncillos, en realidad yo y tú.
— Te saqué la ropa porque al otro día no ibas a tener con qué irte, y yo ya estaba chato de prestarte mis cosas, nunca las devolvías.
— Tenías mejor ropa que yo.
— Sí, y parece que eso te daba derecho a llevártelas, huéon lanza. Erai muy flaite.
— Tus viejos tenían más plata que tiempo para gastarla, de qué te quejai, hueón mezquino.
— No si no me quejo.
— Déjame terminar po, hueón. El tema es que desperté con puros calzoncillos y te estaba dando la espalda. Te acostaste al lado mío, y sentí en la parte de atrás de la pierna, ¿cómo se llama?
— ¿Muslo?
— Eso, sentí en el muslo que la teniai súper dura, me rozaba, pero no dije nada, me quedé callado y traté de seguir durmiendo. Después de esa primera vez que dormimos juntos te la sentí varias veces, pero nunca me molestó. No sé por qué.
— Pensé que no lo habías notado, cuando desperté me cagué de vergüenza. Ábreme una de esas chelas que tienes al lado, ¿por fa?, esta ya se calentó.
— Era obvio, ¿pasa, no? Cuando dormía con minas y no teníamos nada igual despertaba súper duro, hueón. Fue raro cuando me pasó contigo, pero supongo que era inevitable, hubo un tiempo en que se nos hizo costumbre dormir juntos.
— Yo creo, en realidad a mí se me empezó a parar apenas nos metíamos a la cama, siempre te acostabas con polera y calzoncillos, nada más, ni siquiera eran bóxers, de esos que parecen shorts, si no que esos calzoncillos de caja, de esos que venden 3 por 1.500 en el Líder; uno verde, uno blanco y otro como celeste. Feas las hueás.
Hueón, éramos amigos, cómo era posible que se te parara con tu amigo.
— Puta, pasa, caché temprano que algo me pasaba contigo, algo más. Al final de todo te amé, y me fui dando de a poco cuenta de eso. Tú no cachabai, siempre estuviste en otra, nunca pescaste lo que me pasaba, o cómo me sentía cuando me dejabas solo y no sé, preferías salir con el grupito ese de la Ale. ¿Te acordai de esa mina? Gracias, esta está más helada.
— Obvio que me acuerdo.
— Era que no po, hueón, si te la hacías chupete cada vez que podías.
— Era otra cosa esa mina, elevada. La tenía más clara que todos nosotros en ese momento.
— No más que yo, habla por ti. Yo me di cuenta de que con ese grupo de hueones no íbamos a llegar a ningún lado, también que para mí tú eras más que un amigo, o así lo quería sentir. Tú y el Jorge siempre pensando en minas, en ponerla, yo siempre estuve un poco más lejano a todo eso, incluso cuando andabai por ahí, como pajarito, picoteando en minas, durmiendo conmigo, dándole besos a los hueones calientes de la Plaza San Enrique. Ese fue el tiempo en el que me empecé a asumir, silenciosamente, piola.
— ¿Qué asumiste, hueón?
— Que tal vez me gustaban los hombres, que tal vez era gay, que quería algo más contigo.
— No me gusta pa donde está yendo esto.
— Tranquilo, lo que fue, fue no más, ahora ya está todo bien.

<Al fin creeré que puedes controlar tu paz>

— Esa vez nos acostamos los dos medios curados, más que curados, diría yo.
— Hechos pico, en realidad, yo me había tomado todo desde temprano, y tú no te enfermaste de la guata así que me seguiste firme, ahí, codo a codo.
— Sí, en la madrugada me levanté a tomar agua porque moría de sed, y cuando volví caché que la tenías súper dura. Me dio como una cosa en el vientre, y te quedé mirando harto rato, ahí de pie. En realidad te la quedé mirando.
— …
— Así que me acosté pero esta vez de frente, sentía tu aliento pasado a pisco, súper fuerte, como picante, pero me gustaba. Te quería besar, pasar la punta de lengua por los labios resecos. Nunca antes había tocado un pene, así que quería tocarlo y lo rocé con los nudillos de la mano, su forma redonda, viva. Fue todo muy raro.
— ¿Me lo tocaste, hueón?
— Lo rocé, te acabo de decir, pero queriendo. Me gustabai po, hueón, ¿qué iba a hacer? Me calenté.
— …
— …
— Cuando desperté estabas dormido, raja, incluso medio roncando. Estabas muy cerca, con la cara casi pegada a la mía. No pensé nada, no me pareció ni bien ni mal, simplemente estaba pasando. Estabai, como nunca, sólo en calzoncillos, y la sábana te tapaba hasta la mitad de la pierna. Pa variar, la teníai parada, pero esta vez yo también, y estaban muy cerca, casi tocándose.
— ¿Te acordai cómo te sentiste?
— Como te digo, fue natural, no sentí miedo, ni rechazo, ni nada. Sentí curiosidad.
— Siempre fuiste tan poco definido, hueón.
— No es eso, sentí algo. Bueno, está claro po ¿o no?
— Clarísimo, cuando decidí despertar y caché que no estabas en la cama, supe que ese era el día para decirte todo.
— Lo sé, lo supe ahí mismo, cuando apareciste y me dijiste que antes que nos ducháramos teníamos que hablar.
— Sí, tuve que seguir el impulso porque de lo contrario no lo iba a hacer nunca.
— Me acuerdo que te tiritaba la voz, que mirabas hacia el lado, esquivando mi cara.
— Estaba mal, nervioso como nunca, tenía miedo pero quería hacerlo. Tenía que hacerlo.
— Cuando me dijiste que te gustaba y que incluso sentías cosas fuertes por mí…
— Te reíste, hueón. ¿No encontraste nada mejor que hacer que reírte?
— Puta, fue algo espontáneo. Sabía, lo sospechaba…
— Y lo dejaste seguir.
— Sí porque yo no tenía nada claro. Me gustaba estar contigo, me gustaba que durmiéramos juntos, me gustaba eso indefinido que teníamos. Pero no tenía claro si le quería meter todo el componente sexual a la cosa.
— Se te aclaró todo, parece, apenas te dije.
— Puede ser, por eso te pesqué y te di un beso, así como violento, agresivo.
— Fue animal, recuerdo que me tomaste la mano y te la llevaste al paquete.
— …
— Fue nuestra primera vez con hombres.
— Sí, nuestra primera vez con hombres.

<Al final de mil caminos, siempre habrá desvíos. Al final de mil caminos, decido>

— Te extrañé todo este tiempo. Debo confesarlo.
— Yo igual, pero cuando me dijiste que no podía pasar nunca más me tuve que alejar. Yo te lo dije en ese momento, estaba sintiendo cosas fuertes por ti.
— Lo sé, ahora lo entiendo. Era lo más sano, igual. Íbamos a destrozarnos si nos seguíamos viendo.
— Cuando nos volvimos a encontrar fue todo distinto. Era inevitable vernos por ahí, en todo caso, nos dedicamos a lo mismo, pero cuando hablamos entendí que ya era, que cada uno por su lado.
— Sentí lo mismo, y por eso digo que finalmente fue bueno que la cosa quedara ahí. ¿Te imaginai me las hubiese dado de gay y no? Te hago mierda. Nos hago mierda.
— Lo sé, igual fue rarísimo recibir tu invitación. Quedé helado. ¿Tú, en esta?
— Pero si te lo dije cuando nos encontramos, te conté los planes.
— Obvio, pero del dicho al hecho.
— Quería que estuvieras acá, obviamente si es que ya estaba todo sanado, de lo contrario hubiera sido una mierda para ambos.
— Así es, pero hoy te casaste, hueón, te casaste finalmente con el prototipo de mina que siempre perseguiste. Aún no lo creo, pero me alegro, de verdad me alegro. No lo puedo creer pero me alegro.
— Lo sé. Pero las cosas cuando tienen que pasar, lo mejor es que pasen. Así se resuelven solas. Tú y yo lo sabemos.
— …
— …
— ¿Volvamos? Hay una fiesta allá y está prendidísima.
— Así parece. Vamos.

< Decido, decido…>

Agregar un comentario

Su dirección de correo no se hará público. Los campos requeridos están marcados *